miércoles, 5 de julio de 2017

MIS PADRES Y MIS HIJOS
*Samanta Schweblin

–¿Dónde está la ropa de tus padres? –pregunta Marga.
Cruza los brazos y espera mi respuesta. Sabe que no lo sé, y que necesito que ella haga una nueva pregunta. Del otro lado del ventanal, mis padres corren desnudos por el jardín trasero.
–Van a ser las seis, Javier –me dice Marga–. ¿Qué va a pasar cuando llegue Charly con los chicos del súper y vean a sus abuelos corriéndose uno al otro?
–¿Quién es Charly? –pregunto.
Creo que sé quién es Charly, es el gran-hombre-nuevo de mi exmujer, pero me gustaría que en algún momento ella me lo explicara.
–Se van a morir de vergüenza de sus abuelos, eso va a pasar.

–Están enfermos, Marga.
Suspira. Yo cuento ovejas para no amargarme, para tener paciencia, para darle a Marga el tiempo que necesita. Digo:
–Querías que los chicos vieran a sus abuelos. Querías que trajera a mis padres hasta acá, porque acá, a trescientos kilómetros de mi casa, se te ocurrió que sería bueno pasar las vacaciones.
–Dijiste que estaban mejor.
Detrás de Marga mi padre riega a mi madre con la manguera. Cuando le riega los pechos, mi madre se sostiene los pechos. Cuando le riega el trasero, mi madre se sostiene el trasero.
–Sabés cómo se ponen si los sacás de su ambiente –digo–, y el aire libre…
¿Es mi madre la que sostiene lo que mi padre riega o es mi padre el que riega lo que mi madre se sostiene?
–Ajá. Así que para invitarte a pasar unos días con tus hijos, a los que, además, hace tres meses que no ves, tengo que prever el nivel de “chifladura” de tus padres.
Mi madre alza al caniche de Marga y lo sostiene arriba de su cabeza, girando sobre sí misma. Yo intento no quitar la vista de Marga para que de ninguna forma se vuelva hacia ellos.
–Quiero dejar toda esta locura atrás, Javier.
«Esta locura», pienso.
–Si eso implica que veas menos a los chicos… No puedo seguir exponiéndolos.
–Solo están desnudos, Marga.
Va hacia adelante, la sigo. Detrás de mí, el caniche continúa girando en el aire. Antes de abrir Marga se arregla el pelo frente a los vidrios de la puerta, se acomoda el vestido. Charly es alto, fuerte y tosco. Parece el tipo del noticiero de las doce después de hincharse el cuerpo de ejercicios. Mi hija de cuatro y mi hijo de seis cuelgan de sus brazos como dos flotadores infantiles. Charly los ayuda a caer con delicadeza, acercando a la tierra su inmenso torso de gorila y quedando libre para darle un beso a Marga. Después viene hacia mí y por un momento temo que no sea amable. Pero me da la mano, y sonríe.
–Javier, te presento a Charly –dice Marga.
Siento a los chicos golpear contra mis piernas y abrazarme. Sostengo con fuerza la mano de Charly que me sacude el cuerpo. Los chicos se sueltan y salen corriendo.
–¿Qué te parece la casa, Javi? –dice Charly, levantando su vista detrás de mí, como si hubieran alquilado un verdadero castillo.
«Javi –pienso–. Esta locura», pienso.
El caniche aparece llorando por lo bajo con la cola entre las patas. Marga lo alza y, mientras el perro la lame, ella frunce la nariz y le dice: «michiquititingo-michiquititingo». Charly la mira con la cabeza inclinada, quizá solo intenta entender. Entonces ella se vuelve en seco hacia él, alarmada, y dice:
–¿Dónde están los chicos?
–Estarán detrás –dice Charly–, en el jardín.
–Es que no quiero que vean así a sus abuelos.
Los tres giramos a un lado y al otro, pero no los vemos.
–Ves, Javier, esto es justamente el tipo de cosas que quiero evitar –dice Marga alejándose unos pasos–, ¡chicos!
Va hacia el jardín de atrás bordeando la casa. Charly y yo la seguimos.
–¿Qué tal la ruta? –pregunta Charly.
Hace el gesto de girar el volante con una mano, simula pasar un cambio y acelerar con la otra. Hay estupidez y excitación en cada uno de sus movimientos.
–No manejo.
Se agacha para levantar algunos juguetes que hay en el camino y los deja a un lado, ahora tiene el ceño fruncido. Temo llegar al jardín y encontrar juntos a mis hijos y mis padres. No, lo que temo es que sea Marga quien los encuentre juntos, y la gran escena recriminatoria que se avecina. Pero Marga está sola en el medio del jardín, esperándonos con los puños en la cintura. Entramos a la casa siguiéndola. Somos sus más humildes seguidores y eso es tener algo en común con Charly, algún tipo de relación. ¿Realmente habrá disfrutado de la ruta en su viaje?
–¡Chicos! –grita Marga en las escaleras, está furiosa pero se contiene, tal vez porque Charly todavía no la conoce bien. Vuelve y se sienta en una banqueta de la cocina–. Necesitamos tomar algo, ¿no?
Charly saca un refresco de la heladera y lo sirve en tres vasos. Marga toma un par de tragos y se queda un momento mirando el jardín.
–Esto está muy mal. –Se pone otra vez de pie–. Esto está muy mal. Es que podrían estar haciendo cualquier cosa. –Y ahora sí me mira a mí.
–Busquemos otra vez –digo, pero para entonces ella ya está saliendo al jardín trasero.
Regresa unos segundos después.
–No están –dice–, dios mío, Javier, no están.
–Sí que están Marga, tienen que estar en algún lugar.
Charly sale por la puerta principal, cruza el jardín delantero y sigue las huellas de los coches que llevan hasta el camino. Marga sube las escaleras y los llama desde la planta alta. Salgo y rodeo la casa. Paso los garajes abiertos, llenos de juguetes, baldes y palas de plástico. Entre las ramas de dos árboles veo que el delfín inflable de los chicos cuelga ahorcado de una de las ramas. La soga está hecha con la ropa de jogging de mis padres. Marga se asoma desde una de las ventanas y cruzamos miradas un segundo. ¿Ella buscará también a mis padres o solo buscará a los chicos? Entro a la casa por la puerta de la cocina. Charly está entrando en ese momento por la principal y me dice desde el living:
–Delante no están.
Su cara ya no es amable. Ahora tiene dos líneas entre las cejas y sobreactúa sus movimientos como si Marga estuviera controlándolo: pasa rápidamente de la quietud a la acción, se agacha bajo la mesa, se asoma detrás del vajillero, espía tras la escalera, como si solo pudiera encontrar a los chicos tomándolos por sorpresa. Me veo obligado a seguir sus pasos y no puedo concentrarme en mi propia búsqueda.
–No están afuera –dice Marga–, ¿habrán vuelto al coche? En el coche, Charly, en el coche.
Espero pero no hay ninguna instrucción para mí. Charly vuelve a salir y Marga sube otra vez a los cuartos. La sigo, ella va al que aparentemente ocupa Simón, así que yo busco en el de Lina. Cambiamos de cuartos y volvemos a buscar. Cuando estoy mirando bajo la cama de Simón, la escucho putear.
Buscamos juntos en el baño, en el altillo y en el dormitorio matrimonial. Marga abre los placares, corre algunas prendas que cuelgan de las perchas. Hay pocas cosas y todo está muy ordenado. Es una casa de verano, me digo, pero después pienso en la verdadera casa de mi mujer y mis hijos, la casa que antes también era mi casa, y me doy cuenta de que siempre fue así en esta familia, que todo fue poco y ordenado, que nunca sirvió de nada correr las perchas para encontrar algo más. Escuchamos a Charly entrar otra vez a la casa, nos cruzamos en el living.
–No están en el coche –le dice a mi mujer.
–Esto es culpa de tus viejos –dice Marga.
Me empuja hacia atrás golpeándome un hombro.
–Es tu culpa. ¿Dónde carajo están mis hijos? –grita y sale corriendo de nuevo al jardín.
Los llama a un lado y otro de la casa.
–¿Qué hay detrás de los arbustos? –le pregunto a Charly.
Me mira y mira otra vez a mi mujer, que sigue gritando.
–¡Simón! ¡Lina!
–¿Hay vecinos del otro lado de los arbustos? –pregunto.
–Creo que no. No sé. Hay quintas. Lotes. Las casas son muy grandes.
Puede que tenga razón en dudar, pero me parece el hombre más estúpido que vi en mi vida. Marga regresa.
–Voy adelante –dice, y nos separa para pasar por el medio–. ¡Simón!
–¡Papá! –grito yo caminando detrás de Marga–. ¡Mamá!
Marga va unos metros delante de mí cuando se detiene y levanta algo del piso. Es algo azul, y lo sostiene de una punta, como si se tratara de un animal muerto. Es el buzo de Lina. Se vuelve para mirarme. Va a decirme algo, va a putearme otra vez de arriba abajo pero ve que más allá hay otra prenda y va hacia ella. Siento a mis espaldas la sombra descomunal de Charly. Marga levanta la remera fucsia de Lina, y más allá una de sus zapatillas, y más allá la camiseta de Simón.
Hay más en el camino, pero Marga se detiene en seco y se vuelve hacia nosotros.
–Llamá a la policía, Charly. Llamá a la policía ahora.
–Bichi, no es para tanto… –dice Charly.
«Bichi», pienso.
–Llamá a la policía, Charly.
Charly se da media vuelta y camina apurado hacia la casa. Marga junta más ropa. La sigo. Levanta una prenda más y se para frente a la última. Es el shortcito de malla de Simón. Es amarillo y está un poco enroscado. Marga no hace nada. Quizá no puede agacharse por esa prenda, quizá no tenga las fuerzas suficientes. Está de espaldas y su cuerpo parece empezar a temblar. Me acerco despacio, intentando no sobresaltarla. Es una malla muy chiquita. Podría entrar en mis manos, cuatro dedos en un agujero, el dedo gordo en el otro.
–En un minuto están acá –dice Charly viniendo desde la casa–, mandan al patrullero de la rotonda.
–A vos y a tu familia los voy a… –dice Marga viniendo hacia mí.
–Marga…
Levanto la malla y entonces Marga me salta encima. Trato de sostenerme pero pierdo el equilibrio. Me cubro la cara de sus cachetazos. Charly ya está acá e intenta separarnos. El patrullero para en la puerta y hace sonar una vez la sirena. Dos policías bajan rápido y se apuran para ayudar a Charly.
–No están mis hijos –dice Marga–, no están mis hijos –y señala la malla que cuelga de mi mano.
–¿Quién es este hombre? –dice el policía–. ¿Usted es el marido? –le preguntan a Charly.
Intentamos explicarnos. Contra mi primera impresión ni Marga ni Charly parecen culparme. Solo reclaman por los chicos.
–Mis hijos están perdidos con dos locos –dice Marga.
Pero los policías solo quieren saber por qué estábamos peleando. El pecho de Charly empieza a hincharse y por un momento temo que se tire sobre los policías. Dejo caer resignadamente las manos, como hizo Marga conmigo hace un rato, y solo logro que los ojos del segundo policía sigan con alarma la oscilación de la malla.
–¿Qué mira? –dice Charly.
–¿Qué? –dice el policía.
–Que está mirando esa malla desde que se bajó del coche, ¿quiere avisar de una vez a alguien que hay dos chicos desaparecidos?
–Mis hijos –insiste Marga. Se planta frente a uno de los policías y lo repite muchas veces, quiere que la policía se concentre en lo importante–, mis hijos, mis hijos, mis hijos.
–¿Cuándo los vieron por última vez? –dice al fin el otro.
–No están en la casa –dice Marga– se los llevaron.
–¿Quién se los llevó, señora?
Niego e intento intervenir, pero se me adelantan.
–¿Está hablando de un secuestro?
–Podrían estar con los abuelos –digo.
–Están con dos viejos desnudos –dice Marga.
–¿Y de quién es esta ropa, señora?
–De mis hijos.
–¿Me está diciendo que hay chicos y adultos desnudos y juntos?
–Por favor –dice la voz ya quebrada de Marga.
Por primera vez me pregunto qué tan peligroso es que tus hijos anden desnudos con tus padres.
–Pueden estar escondidos –digo–, no hay que descartarlo todavía.
–¿Y usted quién es? –dice el policía mientras el otro ya está llamando por radio a la central.
–Soy su marido –digo.
Así que el policía mira ahora a Charly. Marga vuelve a enfrentarlo, temo que para negarle lo que acabo de decir, pero dice:
–Por favor: mis hijos, mis hijos.
El primer policía deja el radio y se acerca:
–Los padres al coche, el señor –señalando a Charly– se queda por si los chicos vuelven a la casa.
Nos quedamos mirándolo.
–Al coche, vamos, hay que moverse rápido.
–De ninguna manera –dice Marga.
–Señora por favor, hay que asegurarse de que no estén yendo hacia la ruta.
Charly empuja a Marga hacia el patrullero y yo la sigo. Subimos y cierro mi puerta con el coche ya en marcha. Charly está de pie, mirándonos, y yo me pregunto si esos trescientos kilómetros de excitante conducción los habrá hecho con mis hijos sentados atrás. El patrullero retrocede un poco de culata y salimos del terreno hacia la ruta, a toda velocidad. En ese momento me vuelvo hacia la casa. Los veo, ahí están los cuatro: a espaldas de Charly, más allá del jardín delantero, mis padres y mis hijos, desnudos y empapados detrás del ventanal del living. Mi madre restriega  el cuerpo contra el vidrio y Lina la imita mirándola con fascinación. Gritan de alegría, pero no se los escucha. Simón las imita a ambas con los cachetes del trasero. Alguien me arranca la malla de la mano y escucho a Marga insultar al policía. El radio hace ruido. Gritan a la central dos veces las palabras «adultos y menores», una vez «secuestro», tres veces «desnudos», mientras mi exmujer golpea con los puños el asiento trasero del conductor. Así que me digo a mí mismo «no abras la boca», «no digas ni mu», porque veo a mi padre mirar hacia acá: su torso viejo y dorado por el sol, totalmente en bolas. Sonríe triunfal y parece reconocerme. Abraza a mi madre y a mis hijos, despacio, cálidamente, sin despegar a nadie del vidrio.







*Samanta Schweblin nació en Buenos Aires en 1978. Su primer libro, El núcleo del disturbio, obtuvo en el 2002 los premios Fondo Nacional de las Artes y Haroldo Conti. Desde entonces ha continuado publicando y recibiendo premios de reconocimiento internacional. Becada por distintas instituciones, vivió en México, Italia, China y Alemania; actualmente reside en Berlín, donde escribe y dicta talleres literarios y seminarios de escritura creativa en español. El presente cuento forma parte de Siete casas vacías, su último libro del género que recibió en el 2015 el IV Premio de narrativa breve Rivera del Duero, de España,
** Nota: se modificaron algunas expresiones del original para uso en la escuela.


EL VESTIDO DE TERCIOPELO
Por Silvina Ocampo*

Sudando, secándonos la frente con pañuelos, que humedecimos en la fuente de la Recoleta, llegamos a esa casa, con jardín, de la calle Ayacucho.
Subimos en el ascensor al cuarto piso. Yo estaba malhumorada, porque no quería salir, pues mi vestido estaba sucio y pensaba dedicar la tarde a lavar y a planchar la colcha de mi camita. Tocamos el timbre, nos abrieron la puerta y entramos. Casilda y yo, en la casa, con el paquete. Casilda es modista. Vivimos en Burzaco y nuestros viajes a la capital la enferman, sobre todo cuando tenemos que ir al barrio norte, que queda tan a trasmano. De inmediato Casilda pidió un vaso de agua a la sirvienta para tomar la aspirina que llevaba en el monedero. La aspirina cayó al suelo con vaso y monedero.
Subimos una escalera alfombrada (olía a naftalina), precedidas por la sirvienta, que nos hizo pasar al dormitorio de la señora Cornelia Catalpina, cuyo nombre fue un martirio para mi memoria. El dormitorio era todo rojo, con cortinajes blancos y había espejos con marcos dorados. Durante un siglo esperamos que la señora llegara del cuarto contiguo, donde la oíamos hacer gárgaras y discutir con voces diferentes. Entró su perfume y después de unos instantes, ella con otro perfume. Quejándose, nos saludó:
–¡Qué suerte tienen ustedes de vivir en las afueras de Buenos Aires! Allí no hay hollín, por lo menos. Habrá perros rabiosos y quema de basuras... Miren la colcha de mi cama. ¿Ustedes creen que es gris? No. Es blanca. Un campo de nieve –me tomó del mentón y agregó–: No te preocupan estas cosas. ¡Qué edad feliz! Ocho años tienes, ¿verdad? –y dirigiéndose a Casilda, agregó–: ¿Por qué no le coloca una piedra sobre la cabeza para que no crezca? De la edad de nuestros hijos depende nuestra juventud.
Todo el mundo creía que mi amiga Casilda era mi mamá.
–Señora, ¿quiere probarse? –dijo Casilda, abriendo el paquete que estaba prendido con alfileres. Me ordenó: –Alcanza de mi cartera los alfileres.
–¡Probarse! ¡Es mi tortura! ¡Si alguien se probara los vestidos por mí, qué feliz sería! Me cansa tanto.
La señora se desvistió y Casilda trató de ponerle el vestido de terciopelo.
–¿Para cuándo el viaje, señora? –le dijo para distraerla.
La señora no podía contestar. El vestido no pasaba por sus hombros: algo lo detenía en el cuello.
–El terciopelo se pega mucho, señora, y hoy hace calor. Pongámosle un poquito de talco.
–Sáquemelo, que me asfixio –exclamó la señora.
Casilda le quitó el vestido y la señora se sentó sobre el sillón, a punto de desvanecerse.
–¿Para cuándo será el viaje, señora? –volvió a preguntar Casilda para distraerla.
–Me iré en cualquier momento. Hoy día, con los aviones, uno se va cuando quiere. El vestido tendrá que estar listo. Pensar que allí hay nieve. Todo es blanco, limpio y brillante.
–Se va a París, ¿no?
–Iré también a Italia.
–¿Vuelve a probarse el vestido, señora? En seguida terminamos.
La señora asintió dando un suspiro.
–Levante los dos brazos para que pasemos primero las dos mangas –dijo Casilda, tomando el vestido y poniéndoselo de nuevo.
Durante algunos segundos Casilda trató inútilmente de bajar la falda, para que resbalara sobre las caderas de la señora. Yo la ayudaba lo mejor que podía. Finalmente consiguió ponerle el vestido. Durante unos instantes la señora descansó extenuada, sobre el sillón; luego se puso de pie para mirarse en el espejo. ¡El vestido era precioso y complicado! Un dragón bordado de lentejuelas negras brillaba sobre el lado izquierdo de la bata. Casilda se arrodilló, mirándola en el espejo, y le redondeó el ruedo de la falda. Luego se puso de pie y comenzó a colocar alfileres en los dobleces de la bata, en el cuello, en las mangas. Yo tocaba el terciopelo: era áspero cuando pasaba la mano para un lado y suave cuando la pasaba para el otro. El contacto de la felpa hacía rechinar mis dientes. Los alfileres caían sobre el piso de madera y yo los recogía religiosamente uno por uno.

–¡Qué vestido! Creo que no hay otro modelo tan precioso en todo Buenos Aires –dijo Casilda, dejando caer un alfiler que tenía entre sus dientes–-. ¿No le agrada, señora?
–Muchísimo. El terciopelo es el género que más me gusta. Los géneros son como las flores: uno tiene sus preferencias. Yo comparo el terciopelo a los nardos.
–¿Le gusta el nardo? Es tan triste –protestó Casilda.
–El nardo es mi flor preferida, y sin embargo me hace daño. Cuando aspiro su olor me descompongo. El terciopelo hace rechinar mis dientes, me eriza, como me erizaban los guantes de hilo en la infancia y, sin embargo, para mí no hay en el mundo otro género comparable. Sentir su suavidad en mi mano me atrae aunque a veces me repugne. ¡Qué mujer está mejor vestida que aquella que se viste de terciopelo negro! Ni un cuello de puntilla le hace falta, ni un collar de perlas; todo estaría de más. El terciopelo se basta a sí mismo. Es suntuoso y es sobrio.
Cuando terminó de hablar, la señora respiraba con dificultad. El dragón también. Casilda tomó un diario que estaba sobre una mesa y la abanicó, pero la señora la detuvo, pidiéndole que no le echara aire, porque el aire le hacía mal.
En la calle oí gritos de los vendedores ambulantes. ¿Qué vendían? ¿Frutas, helados, tal vez? El silbato del afilador y el tilín del barquillero recorrían también la calle. No corrí a la ventana, para curiosear, como otras veces. No me cansaba de contemplar las pruebas de este vestido con un dragón de lentejuelas. La señora volvió a ponerse de pie y se detuvo de nuevo frente al espejo tambaleando. El dragón de lentejuelas también tambaleó. El vestido ya no tenía casi ningún defecto, sólo un imperceptible frunce debajo de los dos brazos. Casilda volvió a tomar los alfileres para colocarlos peligrosamente en aquellas arrugas de género sobrenatural, que sobraban.
–Cuando seas grande –me dijo la señora– te gustará llevar un vestido de terciopelo, ¿no es cierto?
–Sí –respondí, y sentí que el terciopelo de ese vestido me estrangulaba el cuello con manos enguantadas.
–Ahora me quitaré el vestido –dijo la señora.
Casilda la ayudó a quitárselo tomándolo del ruedo de la falda con las dos manos. Forcejeó inútilmente durante algunos segundos, hasta que volvió a acomodarle el vestido.
–Tendré que dormir con él –dijo la señora, frente al espejo, mirando su rostro pálido y el dragón que temblaba sobre los latidos de su corazón–. Es maravilloso el terciopelo, pero pesa –llevó la mano a la frente–. Es una cárcel. ¿Cómo salir? Deberían hacerse vestidos de telas inmateriales como el aire, la luz o el agua.
–Yo le aconsejé la seda natural –protestó Casilda.
La señora cayó al suelo y el dragón se retorció. Casilda se inclinó sobre su cuerpo hasta que el dragón quedó inmóvil. Acaricié de nuevo el terciopelo que parecía un animal. Casilda dijo melancólicamente:
–Ha muerto. ¡Me costó tanto hacer este vestido! ¡Me costó tanto, tanto!

 (cuento publicado en La furia, 1959)





*Silvina Ocampo nació en Buenos Aires en  1903 y falleció en 1993. Fue una escritora, cuentista y poeta argentina. Su primer libro fue Viaje olvidado (1937) y el último Las repeticiones, publicado póstumamente en 2006. Durante gran parte de su vida, su figura fue opacada por las de su hermana Victoria, su esposo, Adolfo Bioy Casares, y su amigo Jorge Luis Borges, pero con el tiempo su obra ha sido reconocida y pasó a ser considerada una autora fundamental de la literatura argentina del siglo xx
FIN DE CURSO
Por Mariana Enríquez*
Nunca le habíamos prestado demasiado atención porque era una de esas chicas que hablan poco, que no parecen demasiado inteligentes ni demasiado tontas, y que tienen ese tipo de caras olvidables, esas caras que, aunque una las vea todos los días en el mismo lugar, es posible que no las reconozca en un ámbito distinto y, mucho menos, pueda ponerles un nombre. Lo único que la diferenciaba era que se vestía mal, feo, pero no solamente eso: la ropa que usaba parecía elegida para ocultar su cuerpo. Dos o tres talles más grande, camisas cerradas hasta el último botón, pantalones que no dejaban adivinar sus formas. Sólo la ropa hacía que nos fijáramos en ella, apenas para comentar su mal gusto o dictaminar que se vestía como una vieja. Se llamaba Marcela. Podía haberse llamado Mónica, Laura, María José, Patricia, cualquiera de esos nombres olvidables, intercambiables, que suelen tener las chicas en las que nadie se fija. Era mala alumna, pero rara vez recibía la desaprobación de los profesores. Faltaba mucho, pero nadie comentaba su ausencia. No sabíamos si tenía plata, de qué trabajaban los padres, en qué barrio vivía.
No nos importaba.
 Hasta que, en la clase de Historia, alguien dio un pequeño grito asqueado ¿Fue Guada? Parecía la voz de Guada, que además se sentaba cerca. Mientras la profesora explicaba la batalla de Caseros, Marcela se arrancó las uñas de la mano izquierda. Con los dientes. Como si fueran uñas postizas. Los dedos sangraban pero ella no demostraba ningún dolor. Algunas chicas vomitaron. La de Historia llamó a la preceptora, que se llevó a Marcela; faltó durante una semana, y nadie nos explicó nada. Cuando Marcela volvió, había pasado de chica ignorada a chica famosa. Algunas le tenían miedo, otras querían hacerse amigas. Lo que había hecho era lo más extraño que nosotras hubiéramos visto. Algunos padres querían llamar a una reunión, para tratar el caso, porque no estaban seguros de que fuera recomendable que nosotras siguiéramos en contacto con una chica “desequilibrada”. Pero lo arreglaron de alguna manera. Faltaba poco para que se terminara el año: para que termináramos la secundaria. Los padres de Marcela aseguraron que ella estaría bien, que ya tomaba medicación, que estaba contenida. Los otros padres les creyeron. Los míos apenas prestaron atención: lo único que les importaba eran mis notas, y yo seguía siendo la mejor alumna, como cada año.
Marcela estuvo bien durante un tiempo. Volvió con los dedos vendados, al principio con gasa blanca, después con curitas. No parecía recordar el episodio de las uñas arrancadas. No se hizo amiga de las chicas que se le acercaron. En el baño, las pocas que querían ser amigas de Marcela nos contaban que no se podía, que ella no hablaba, que las escuchaba pero nunca respondía, y se las quedaba mirando tan fijo que, al final, también les dio miedo.
Fue en el baño, justamente, donde todo empezó de verdad. Marcela estaba mirándose fijamente al espejo, en la única parte donde realmente podía hacerlo, porque el resto estaba descascarado, sucio, o tenía declaraciones de amor imbéciles, o insultos de alguna pelea entre dos chicas rabiosas escritas con fibra o lápiz labial. Yo estaba con mi amiga Agustina: tratábamos de resolver una discusión que habíamos tenido más temprano. Parecía una discusión importante. Hasta que Marcela sacó de algún lado (el bolsillo, probablemente), una gillete. Con rapidez exacta se cortó un prolijo tajo en la mejilla. La sangre tardó en brotar, pero cuando lo hizo fue casi a chorros, y le empapó el cuello y la camisa abotonada, como de monja, o de prolijo varón.
Ninguna de las dos hizo nada. Marcela se seguía mirando al espejo, estudiando la herida, sin un gesto de dolor. Eso fue lo que más me impresionó: no le había dolido, estaba claro, ni siquiera había fruncido el ceño, o cerrado los ojos. Recién reaccionamos cuando una chica que estaba haciendo pis abrió la puerta y dio un pequeño grito y trató de detener la sangre con un pañuelo. Mi amiga parecía a punto de llorar. Yo miraba y me temblaban las rodillas: la sonrisa de Marcela, que seguía mirándose mientras se apretaba la cara con el pañuelo, era hermosa. Su cara era hermosa. Le ofrecí a Marcela acompañarla hasta su casa, o hasta una salita para que la cosieran o algo. Ella pareció reaccionar y dijo que no con la cabeza, que se tomaba un taxi. Le preguntamos si tenía plata. Dijo que sí y volvió a sonreír. Una sonrisa que podía enamorar a cualquiera. Durante una semana faltó otra vez. La escuela entera sabía del incidente: no se hablaba de otra cosa. Cuando volvió, todos trataban de no mirar la venda que le cubría mitad de la cara, y nadie lo conseguía.
Ahora yo trataba de sentarme cerca de ella en las clases. Lo único que quería era que me hablara, que me explicara. Quería visitarla en su casa. Quería saber todo. Alguien me había dicho que se hablaba de internarla. Me imaginaba el hospital con una fuente en el patio, no me imaginaba un instituto para enfermos mentales sórdido y sucio y triste, me imaginaba una hermosa clínica llena de mujeres con la mirada perdida. Sentada a su lado vi, como todos los demás pero de cerca, lo que le estaba pasando. Todas lo veíamos, asustadas, maravilladas. Empezó con sus temblores, que no eran tanto temblores como sobresaltos. Sacudía las manos en el aire como si espantara algo invisible, o como si intentara que algo no la golpeara. Más adelante empezó a taparse los ojos mientras decía que no con la cabeza. Los profesores lo veían pero trataban de ignorarlo. Nosotras también. Era fascinante. Ella se derrumbaba en público sin pudores y a nosotras nos daba vergüenza.
Empezó a arrancarse el pelo poco después, el de la parte de delante de la cabeza. Se iban formando mechones enteros, de a poco, sobre su banco, montoncitos de pelo lacio y rubio. A la semana empezó a adivinarse el cuero cabelludo, rosado y brillante.
Yo estaba sentada a su lado el día que salió corriendo de una clase. Todos la miraron irse pero yo por algún motivo la seguí. Al rato noté que detrás mío venía mi amiga Agustina y la que la había auxiliado en el baño la otra vez, que a esta altura sabíamos que se llamaba Tere, y era del otro quinto. A lo mejor nos sentíamos responsables. Creo que en realidad queríamos ver qué iba a hacer, cómo iba a terminar todo esto.
La encontramos en el baño otra vez, que estaba vacío. Gritaba y lloraba como en un berrinche infantil. La venda se le había caído y pudimos ver los puntos de la herida. Señalaba uno de los inodoros y gritaba “andate dejame andate basta”. Había algo en el ambiente, demasiada luz y el aire apestaba más de lo habitual a sangre, pis y desinfectante. Yo le hablé.
–¿Qué pasa, Marcela?
–¿No lo ves?
–¿A quién?
–A él. ¡A él! ¡Ahí en el inodoro, no lo ves!
Me miraba ansiosa y asustada, pero no desorientada: estaba viendo algo. Pero no había nada sobre el inodoro, salvo la tapa destartalada y la cadena, que estaba demasiado quieta, anormalmente quieta.
–No no veo nada, no hay nada –le dije.
Desconcertada por un momento, me agarró del brazo. Nunca antes me había tocado. Miré su mano: todavía no le habían crecido las uñas, o a lo mejor se comía lo poco que crecía. Se veían sólo las cutículas, ensangrentadas.
–¿No? ¿No? –y mirando el inodoro otra vez–, sí que está. Está ahí. Hablale decile algo.
Por un momento tuve miedo de que la cadena empezara a balancearse de izquierda a derecha como un péndulo del infierno, pero seguía quieta. Marcela parecía escuchar, mirando atentamente el inodoro. Noté que casi no le quedaban pestañas, tampoco. Se las había estado arrancando. Pronto empezaría con las cejas, imaginé.
–¿No lo escuchás?
–No.
–¡Pero te dijo algo!
–Qué dijo, contame
En este punto, Agustina se metió en la conversación diciéndome que dejara en paz a Marcela, preguntándome si estaba loca, no ves que no hay nada, no le sigas el juego, me da miedo llamemos a alguien. Pero fue interrumpida por Marcela que le aulló CALLATE, boluda. Tere murmuró que era too much –Tere era bastante cheta– y se fue a buscar al alguien. Yo traté de controlar la situación.
–No les des bola, Marcela, ¿qué dice?
–Que no se va a ir. Que es de verdad. Que me va a seguir obligando a hacer cosas. Que no le puedo decir que no.
–¿Cómo es?
–Es un hombre pero tiene un vestido de comunión. Tiene los brazos para atrás. Siempre se ríe. Parece chino pero es enano. Tiene el pelo engominado. Y me obliga.
–¿Te obliga a qué?

Cuando Tere llegó con una profesora más o menos piola a la que había convencido de entrar al baño (después nos dijo que en la puerta se habían juntado como diez personas, que escuchaban todo haciéndose shhh entre ellos), Marcela estaba a punto de mostrarnos qué la obligaba a hacer el engominado. Pero la aparición de la profesora la confundió. Se sentó en el piso, con los ojos sin pestañas que no parpadeaban mientras decía que no.
Marcela nunca volvió a la escuela.
Pero yo decidí visitarla. No fue difícil conseguir su dirección. Aunque su casa quedaba en un barrio al que nunca había ido, me resultó fácil llegar. Toqué el timbre temblando: en el colectivo había preparado la explicación de mi visita que iba a darle a sus padres, pero ahora me parecía estúpida, ridícula.
Me quedé muda cuando Marcela abrió la puerta, no solamente por la sorpresa de que atendiera –la había imaginado en cama, drogada– sino porque se la veía muy distinta, con una gorra de lana que le cubría la cabeza seguramente ya casi pelada, un jean y un pullover de tamaño normal. Salvo por las pestañas, que no habían crecido, parecía una chica normal.
No me invitó a pasar. Cerró la puerta y quedamos las dos en la calle. Hacía frío, pero a ella no le importaba.
–No tendrías que haber venido –me dijo.
–Quiero saber.
–¿Qué querés saber? No vuelvo más a la escuela, se terminó, olvidate de todo.
–Quiero saber qué te obliga a hacer él.
Marcela me miró y olfateó el aire a mi alrededor. Después desvió los ojos hacia la ventana. Las cortinas se habían movido apenas. Volvió a entrar a su casa, y antes de cerrar de un portazo, dijo:
–Ya te vas a enterar. Él mismo te lo va contar algún día. Te lo va a pedir, creo. Pronto.
A la vuelta, sentada en el colectivo, sentí cómo palpitaba la herida que me había hecho en el muslo con una trincheta, bajo las sábanas, la noche anterior. No dolía. Me masajeé la pierna con suavidad pero con la suficiente fuerza como para que la sangre, al brotar, dibujara un fino trazo húmedo sobre mis jeans celestes.



*Mariana Enriquez nació en 1973 en Buenos Aires. Es licenciada en Periodismo y Comunicación Social por la Universidad Nacional de La Plata y trabaja en el suplemento Radar de Página/12. Publicó dos novelas, Bajar es lo peor (Espasa Calpe, 1995) y Cómo desaparecer completamente (Emecé, 2004) y un libro de relatos, Los peligros de fumar en la cama, 2009. Varios de sus cuentos aparecieron en antologías de narrativa argentina y sudamericana.

** Nota: se modificaron algunas expresiones del original 

FIESTITA CON ANIMACIÓN

Por  Ana María Shua*

Las luces estaban apagadas y los altoparlantes funcionaban a todo volumen.

–¡Todos a saltar en un pie! –gritaba atronadoramente una de las animadoras, disfrazada de ratón. Y los chicos, como autómatas enloquecidos, saltaban ferozmente en un pie.
–Ahora, ¡todos en pareja para el concurso de baile! Cada vez que pare la música, uno abre las piernas y el otro tiene que pasar por abajo del puente. ¡Hay premios para los ganadores!

Excitados por la potencia del sonido y por las luces estroboscópicas, los chicos obedecían, sin embargo, las consignas de las animadoras, moviéndose al ritmo pesado y monótono de la música en un frenesí colectivo.

–Cómo se divierten, qué piolas que son.
¿Te acordás qué bobitos éramos nosotros a los siete años? –le preguntó, sonriente, el padre de la cumpleañera a la mamá de uno de los invitados, gritándole al oído para hacerse escuchar.
–Y qué querés... Nosotros no teníamos televisión: tienen otro nivel de información –le contestó la señora, sin muchas esperanzas de que su comentario fuera oído.

No habían visto que Silvita, la homenajeada, se las había arreglado para atravesar la loca confusión y estaba hablando con otra de las animadoras, disfrazada de conejo. Se encendieron las luces.
–Silvita quiere mostrarnos a todos un truco de magia –dijo Conejito–, ¡Va a hacer desaparecer a una persona!
–¿A quién querés hacer desaparecer? –preguntó Ratón.
–A mi hermanita –dijo Silvia, decidida, hablando por el micrófono.

Carolina, una chiquita de cinco años, preciosa con su vestidito rosa, pasó al frente sin timidez. Era evidente que habían practicado el truco antes de la fiesta, porque dejó que su hermana la metiera debajo de la mesa y estirara el borde del mantel hasta hacerlo llegar al suelo, volcando un vaso de Coca Cola y amenazando con hacer caer todo lo demás. Conejito pidió un trapo y la mucama vino corriendo a limpiar el estropicio.

–¡Abracadabra la puerta se abra y ya está! –dijo Silvita.
Y cuando levantaron el mantel, Carolina ya no estaba debajo de la mesa. A los chicos el truco no los impresionó: estaban cansados y querían que se apagaran las velitas para comerse los adornos de azúcar de la torta. Pero los grandes se quedaron sinceramente asombrados. Los padres de Silvia la miraban con orgullo.

–Ahora hacela aparecer otra vez –dijo Ratón.
–No sé cómo se hace –dijo Silvita–. El truco lo aprendí en la tele y en la parte de aparecer papi me cambió de canal porque quería ver el partido.

Todos se rieron y Ratón se metió debajo de la mesa para sacar a Carolina. Pero Carolina no estaba. La buscaron en la cocina y en el baño de arriba, debajo de los sillones, detrás de la biblioteca. La buscaron metódicamente, revisando todo el piso de arriba, palmo a palmo, sin encontrarla.

–¿Dónde está Carolina, Silvita? –preguntó la madre, un poco preocupada.
–¡Desapareció! –dijo Silvia–. Y ahora quiero apagar las velitas.
El muñequito de chocolate me lo como yo.

El departamento era un dúplex. El papá de las nenas había estado parado cerca de la escalera durante todo el truco y nadie podría haber bajado por allí sin que él lo viera. Sin embargo, siguieron la búsqueda en el piso de abajo. Pero Carolina no estaba.
A las diez de la noche, cuando hacía ya mucho tiempo que se había ido el último invitado y todos los rincones de la casa habían sido revisados varias veces, dieron parte a la policía y empezaron a llamar a las comisarías y hospitales.
–Qué tonta fui esa noche –les decía, muchos años después, la señora Silvia, a un grupo de amigas que habían venido a acompañarla en el velorio de su marido–. ¡Con lo bien que me vendría tener una hermana en este trance! –y se echó a llorar otra vez.










*Ana María Shua nació en Buenos Aires en 1951.     Es una escritora prolífica que entre otros géneros se ha destacado en la llamada literatura breve o microrelato. Recibió varios premios nacionales e internacionales por sus libros para chicos.   Su obra ha sido traducida a una docena de idioma


lunes, 3 de julio de 2017




El lado B de la historia


Luego de haber leído los mitos "Paris y Helena" y "La cólera de Aquiles" resuelvan de a dos la siguiente consigna de escritura:

Imaginemos por un momento estar en la piel de Helena, la causante de la guerra entre griegos y troyanos. Los griegos han sitiado la ciudad. Diez años se ha prolongado la guerra entre los ejércitos, mueren hombres de un bando y del otro por su causa. ¿Qué creés que podría sentir esta mujer? ¿Remordimiento? ¿Indiferencia? ¿Cómo sería su vida cotidiana en el palacio de una ciudad amenazada por la furia de los griegos?  ¿Se sentiría feliz? ¿Su relación con Paris se habrá mantenido intacta?

¿Se animan a escribir el diario íntimo de Helena? Eligan alguna de las siguientes opciones:
a) Una página del diario de Helena el día que conoce a Paris (impresión que le causa, porqué toma la decisión de abandonar a su esposo, etc.)
b) Una página fechada durante su estadía en Troya (¿cómo es su día a día en el palacio?, ¿se ha hecho amigos?, ¿los parientes de Paris la quieren?, ¿Paris sigue siendo el mismo encantador hombre para ella?, ¿se aburre?, ¿se quiere volver?, ¿se arrepiente?)




sábado, 1 de julio de 2017

NOTICIA DE ÚLTIMO MOMENTO

Los chicos de 1° 1ra, 1° 2da, y 1° 3ra fueron invitados a participar del  programa televisivo “Más cuentos de terror” del canal I-sat.  En esta oportunidad, el ciclo quiere   homenajear a escritoras argentinas que exploraron el género terror, de modo que, los chicos narrarán  cuentos escalofriantes de Mariana Enriquez, Silvina Ocampo, Ana María Shua y Tamara Schweblin.

El  programa con todas las historias se emitirá en el microcine de la Escuela. Esperemos resistir el impacto de tanto terror junto…  

TRABAJO PASO A PASO

Oímos y vimos  lo cuentos “El gato negro” de E.A. Poe y “La gallina degollada” de H. Quiroga narrados en la voz de Alberto Laiseca. Dijimos que él hace su versión oral de esos cuentos, es decir, narra en voz alta ante una cámara la misma HISTORIA (sucesión de hechos principales) pero realiza un nuevo RELATO (cuenta esa historia de otro modo). El trabajo de ustedes será:

A partir de un cuento asignado por la docente, realizar  una versión para su  narración  oral que   luego será filmada

En grupos de  5 personas

Primer paso
·        Realizar una secuencia de acciones principales del cuento leído
Segundo paso
·        Realizar un nuevo RELATO de la HISTORIA leída. Para ello deberán  cambiar expresiones, palabras por otras que  les parezcan más orales que escritas; omitir descripciones o reformularlas, es decir, expresarlas con otras palabras; también pueden reemplazarlas por una imagen.
·        Esa versión oral del cuento la pueden tener escrita pero recuerden que la tienen que poder contar sin leer
Tercer paso
·        Grabar la narración oral. Si bien pueden tener escrita la nueva versión del cuento, recuerden que   Laiseca no lee  sino que  “dice”  a viva voz la historia.  Ustedes deberán  filmarse sabiendo de memoria esa historia, improvisando lo que se hayan olvidado, etc.
·        En una narración oral a diferencia de la lectura silenciosa hay una voz real que se hace pública, una persona que asume la responsabilidad de comunicar unas emociones sobre aquello que relata, de imponer un ritmo, de destacar a partir de pausas o tonos de voz aspectos de la historia que generen algún efecto (miedo, intriga, ironía, humor). De modo que piensen y practiquen esa puesta en escena del cuento. La voz, los tonos, las pausas, la respiración, son parte de la narración oral pero además como se filmarán, también  comunicarán sentidos con las formas de mover sus manos, la expresión de los ojos, las cejas, la cara, etc.  
·        Pueden introducir imágenes que acompañen ciertas escenas que consideren significativas mientras la voz del narrador sigue in off (se escucha al narrador pero no lo vemos en la pantalla).

·        TODOS SERÁN NARRADORES, de modo que tienen  que repartirse las partes de la historia y luego EDITAR el video.
·        Elegirán una música de fondo, pueden pensar en ruidos que sean significativos

·        La grabación tiene que durar 8 minutos.
·        Fecha de entrega a estipular

* CALIFICACIÓN FINAL
La nota es grupal y les corresponde a todos los integrantes del equipo, de modo que serán ustedes los responsables de repartirse el trabajo y de asumir un compromiso  colectivo. No se aceptan quejas del tipo “fulanito/a no hizo nada”. Se  deberán organizar entre ustedes.



 ¡Adelante!